La experiencia sonora de la visita al médico.

Hace más de 7 años que vivo en España, el país más ruidoso del mundo detrás de Japón, según la OMS.  Hoy por primera vez tuve la experiencia (que por mi propia sorpresa acabó siendo muy sonora) de ir al médico de cabecera en un hospital público. Comparto aquí las notas que tomé mientras esperaba mi turno para tener una simple revisión.

8 de junio, 2016. Cita al médico de cabecera, Dra D a las 12:11

Llego 10 minutos antes de tiempo – primer error.

No llevo ni cascos ni tapones – segundo error.

Me toca la puerta 16, la de la Dra. D, a las 12:11 (qué puntualidad, pensé al recibir la cita previa ).

Es la 13:07 y me encuentro en la sala de espera haciendo lo que se debe – esperando. Acaba de entrar por la puerta 16 la que supuestamente es la última paciente antes de mí. Sigo esperando. Por suerte ya se fue el señor de la otra esquina que yo no veía pero oía como si estuviera bien cerquita, encima de mi hombro, contándome como casi se había muerto, pero “gracias a San Pablo” se mantiene vivo. (Gracias, Pablo, por conservar tanto a él como mi vecino de 97 años que tiene tos crónica.) También oí a aquella señora vestida de blanco que parecía estar sinceramente agradecida por las historias pre-mortum de aquel señor de voz alta. Es la 13:15, oigo el personal de la recepción ubicada a 50 metros de aquí, detrás de dos esquinas, repitiendo las indicaciones “la prueba de orina se hace en ayunas,” o “para el análisis de sangre, seguir la línea roja”. Oigo el chico ruso hablando por teléfono, la adolescente de piel quemada quejándose delante sus padres. Oigo los médicos en su sala de descanso, hablando en un tono que, según mi opinión humilde, no corresponde al descanso. Oigo todo menos mis pensamientos, lo cuál estaría bien si no tuviera que estar preparando una clase. Mi cabeza va ¡buum! ¡buum! con la reverberación de un estadio no apto para el concierto de U2. ¡Boooooom! Joder, sólo necesito que me den cita para el análisis de sangre.

Es la 13:17, aquí sigo, esperando. Ya se marcharon mis compañeros de banco, una pareja maja de ancianos, de voz bajita. “Adéu, que vagi bé l’espera,” me desean, empujando su andadores hacia la salida. Hago otro intento de concentrarme en mi libro, pero no, de repente la altavoz del pasillo grita “Jordi Nena, truca al 222. Jordi Nena, truca al 222”. Susurro de la bolsa de plástico de la chica en frente de mí, golpes arrítmicos del bastón del señor sentado a mi lado. Leo “lowrider” en mi libro sobre la cultura sonora de la calle y empiezo a mover mi pie derecho en el ritmo de la canción de los War.  Me escondo en mi tiempo musicalizado.

Ya conozco  como suena cada puerta de esta sala. La 16 no suena hasta la 13:25 cuando, por fin, puedo entrar. Mi médico es maja, su ayudante que sigue interrumpiéndonos no tanto, habla muy alto. Después de 10 minutitos de charla salgo victoriosamente solo para sumergirme en otra batalla acústica en la recepción del hospital donde los niveles de ruido parecenen estar aún más altos. Pienso, desesperadamente, en un acto guerillero de llenar las paredes del hospital con pegatinas de “Ssssssh!” mientras espero que me den otra cita. “Com podeu treballar en aquests nivells de soroll,” le pregunto al recepcionista, proyectándo mis orejas hacia él para entender cuando es que me toca volver.

Pobres, pobres trabajadores de aquel hospital tan mal diseñado. ¿Será que el arquitecto no sabía que para los españoles se trata de un lugar de socialización en donde se comparte las historias de día a día? Otro ejemplo de los mil espacios públicos mal, muy mal concebidos, sin tener en cuenta la calidad acústica del espacio. Pobres, pobres trabajadores del hospital.