La Ciudad (que suena a) Guerra y las primeras visitas de trabajo de campo

Hoy la ciudad suena a pitos aún más que en un día normal porque la Nacional de Medellin juega en la final de la Copa Libertadores y esto es, evidentemente, la cosa más importante que puede ocurrir en la ciudad. El día laboral es reducido, igual que la movilidad por la ciudad debido a la masa de hinchas que han llegado aquí desde varias partes del país. El portero de mi edificio me enseña de manera secreta su camiseta del Nacional, escondida debajo del uniforme laboral; carritos de maní, cerveza, cigarros sueltos, helado, banderas del club, pitos etc aparecen de cada esquina de cada calle. Medellín se viste de blanco y verde mientras yo trato de vestirme de autóctona para llevar a cabo mis primeras visitas a entidades que trabajan con la música y el territorio.

Conseguir companía para explorar zonas conflictivas ha sido difícil y a la vez fácil. La tarea fue resuelta gracias a Couchsurfing donde demasiado gente me ofreció acompañarme. Qué lindos!
A las 7:45 del miércoles me encuentro en el metro Suramericana, esperando a que un chico que aún no conozco me lleve a un lugar que no conozco para hacer una entrevista con alguien que no conozco sobre un territorio que no conozco. Veo a un joven sentado, esperando, con dos cascos para la moto y pienso que debe ser el Christian. Se lo pregunto y el joven me contesta “No, no soy Christian. Ojalá lo fuera”. Vamos bien. Espero un ratico más y aparece mi querido transportista. Hermosísimo. Nos vamos a desayunar ya que le había propuesto invitarlo a un café para conocernos un poco y sobre todo, para devolverle de alguna manera el favor. Qué ingenua, obvio que no me deja pagar por el desayuno. Tan majo, con ojos grandes. Luego resultó que él es otra de los miles de personas desplazados hacia la ciudad por culpa de la violencia, en su caso de los paramilitares que invadieron su pueblo con la excusa de expulsar la guerilla (que no tenía presencia en el pueblo) y que con ello lo convirtieron en otro de los numerables pueblos-fantasma, resultado de la guerra. Y a todo eso, tan lindo y amable el chico. Me subió a la biblioteca en su motito, practicando el típico estilo pueblerino- metiéndose entre camiones y coches. Pero llegamos bien al Parque Biblioteca Doce de octubre. El gestor Gabriel Fernando Londoño que me recibió fue muy amable y me hizo una visita de dos horas.
La llegada a Tarmac fue algo más “complicado” reflejado sobre todo a través del nerviosismo del taxista que parecía temer la zona de Castilla, lugar de frecuentes homicidios, los más recientes de hace cinco días. Pero llegué bien. Los chicos pensaban que yo era de la Secretaría de la Alcaldía por una llamada que habían recibido el día anterior, pero no no nooo. Soy una rubia de Estonia, además músico. “Ah vaaaale. Pues…fumas?” “No, no gracias, ahorita mismo no” y se sacan su bote. Buena gente, pacíficos, rastafari.
Saliendo de la burbuja del bienestar del campus universitario vallado y del barrio del estrato 5 (sí, este sistema de estratificación huele a castas y reproduce las dinámicas que impiden a las personas salir de su situación socio-económica un tanto miserable), Medellín tiene unas dinámicas muy complejas de las que aún no me atrevo hablar. Mi comprensión de la ciudad llega hasta aquí: es bella, increíblemente bella, pero igual que las mujeres de este tipo, Medellín tiene su lado bien oscuro y yo me pregunto si la quiero conocer de verdad, o prefiero taparme los ojos y oídos y quedarme con el mero imaginario de lo bello. Estando en contacto con personas que trabajan en la esfera social, me voy enterando poco a poco del impacto que tiene la guerra (si, en formato del presente, porque la vaina sigue) especialmente en la población antioqueña. Y es muy lamentable que los desplazamientos sean tan comunes, que la gente cuente estas experiencias personales de manera tan “natural”. Pá soltar solo una cifra, el número de homicidios en Medellín aumentó un 80% en el mes de mayo de 2016 en respecto al año pasado, registrando 42 asesinatos frente al 24 del mayo de 2015. En el primer mes del año el aumento fue equivalente al 33%, y eso teniendo en cuenta que, según mi entendido, la táctica de mantener la tasa de homicidios baja es tan sencilla como llevar los cuerpos a otro municipio para que las cifras queden “bien”.

Cosas negativas aparte, y déjandome volver a lo imaginario, los paisas (gente de Medellín) que he conocido hasta la fecha son gente absolutamente maravillosa. No canso de repetir que no entiendo como puede haber una población tan, tan amable y servicial, es todo un misterio para mí ya que soy un miserable producto del individualismo nórdico que no ve más allá de su propia propia barriga.

Mientras sigo en mi camino de mirar, escuchar e inhalar esta sociedad, les dejo algunas fotos de las visitas de hoy.

 

 

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